La evidencia de la OMS señala que haber sufrido maltrato durante la infancia o haber presenciado violencia familiar está asociado con un mayor riesgo posterior de experimentar o ejercer violencia.
La violencia en el hogar no comienza necesariamente con una agresión física. Puede manifestarse antes mediante control, intimidación, descalificación, gritos, aislamiento, dependencia económica o manipulación, conductas que pueden llegar a normalizarse dentro de una relación y dificultar que la persona afectada reconozca el maltrato.
Así lo explica la doctora Ana Peguero, psiquiatra, en conversación con SaludNews, al analizar los factores asociados a la violencia de género y la violencia intrafamiliar, las señales que pueden aparecer desde las primeras etapas de una relación y el papel que deben asumir las familias, las escuelas y los servicios de salud en la prevención.
La especialista del Centro Médico Domínico Cubano advierte, sin embargo, que estos elementos deben entenderse como factores de riesgo y no como causas únicas ni predicciones individuales. La evidencia internacional señala que la violencia de pareja resulta de la interacción de factores individuales, familiares, comunitarios y sociales.
El control puede ser una primera señal
Para Peguero, algunas conductas pueden hacerse visibles desde el noviazgo y deben observarse con atención.
Entre ellas menciona la necesidad constante de controlar a la pareja, querer saber dónde está y con quién se relaciona, levantar la voz, descalificar, minimizar sus opiniones o imponer criterios mediante la intimidación.
Estas conductas pueden representar dinámicas de control y poder dentro de la relación.
El CDC identifica entre los factores asociados con un mayor riesgo de violencia de pareja el deseo de poder y control, los comportamientos dominantes, los celos, la posesividad y las actitudes que justifican la violencia.
Esto no significa que una conducta aislada permita determinar que una persona necesariamente ejercerá violencia. Los factores de riesgo aumentan o disminuyen probabilidades, pero no constituyen por sí solos una predicción sobre el comportamiento de un individuo.
La violencia también puede aprenderse dentro de la familia
Uno de los puntos centrales de la conversación con la psiquiatra es la transmisión intergeneracional de patrones de violencia.
Peguero explica que un niño que crece observando maltrato o violencia dentro de su entorno familiar puede llegar a interiorizar determinados comportamientos como formas normales de relacionarse o resolver conflictos.
La evidencia de la OMS señala que haber sufrido maltrato durante la infancia o haber presenciado violencia familiar está asociado con un mayor riesgo posterior de experimentar o ejercer violencia.
Pero existe una precisión importante: un factor de riesgo no significa un destino inevitable.
La prevención, la educación, las relaciones familiares saludables y el acceso oportuno a servicios de apoyo pueden contribuir a interrumpir estos patrones.
Alcohol y sustancias pueden aumentar el riesgo, pero no explican por sí solos la violencia
Durante la entrevista, Peguero también aborda el consumo de alcohol y otras sustancias psicoactivas, así como determinadas condiciones de salud mental, como elementos que pueden interactuar con otros factores de riesgo.
La evidencia internacional recomienda evitar explicaciones simplistas. El consumo de alcohol o la presencia de una condición de salud mental no convierten automáticamente a una persona en agresora.
La OMS incluye el consumo nocivo de alcohol, determinadas afecciones de salud mental, los antecedentes de violencia, la exposición a violencia durante la infancia y las actitudes que normalizan la agresión entre los factores asociados a la violencia de pareja.
El CDC, por su parte, señala que la violencia de pareja no tiene una causa única y que los factores pueden interactuar en distintos niveles.
Por qué una víctima puede permanecer en una relación violenta?
Una de las preguntas más complejas frente a una relación de violencia es por qué una persona permanece en ella, incluso cuando existe sufrimiento o peligro.
Peguero menciona factores como la normalización del maltrato, la dificultad para establecer límites, la dependencia económica, la crianza recibida y determinadas creencias culturales sobre el matrimonio y la familia.
Frases como “hay que aguantar” o “es el padre de tus hijos” pueden contribuir a presentar la permanencia como una obligación.
Además, la violencia de pareja puede adoptar distintas formas: física, sexual, psicológica y conductas de control. Por ello, no siempre existen lesiones visibles.
La OMS advierte que la violencia de pareja puede tener consecuencias importantes sobre la salud física, mental, sexual y reproductiva, además de afectar el bienestar de los hijos expuestos a ella.
Violencia económica: cuando no hay hematomas
Durante la entrevista también surge una dimensión menos visible: la violencia económica.
El control de los recursos, la dependencia financiera o la limitación de la autonomía económica pueden convertirse en mecanismos de sometimiento dentro de una relación.
Por eso, la ausencia de hematomas no significa necesariamente ausencia de violencia.
Como resume Peguero durante la conversación, puede existir violencia “con hematomas y sin hematomas”.
Esta perspectiva resulta especialmente relevante para los profesionales que reciben a personas afectadas por situaciones de violencia que pueden presentarse inicialmente bajo otros motivos de consulta.
La prevención no puede limitarse a una fecha conmemorativa
Para la psiquiatra, la prevención debe convertirse en una conversación permanente y no concentrarse exclusivamente en fechas relacionadas con la violencia de género.
Propone llevar la educación sobre manejo de emociones, resolución no violenta de conflictos y madurez emocional a escuelas, universidades, iglesias y otros espacios comunitarios.
También plantea fortalecer el trabajo con padres, madres, docentes y profesionales.
El CDC recomienda estrategias preventivas orientadas a desarrollar habilidades para relaciones saludables, fortalecer las capacidades familiares, mejorar los entornos escolares y comunitarios y ampliar los apoyos económicos y sociales.
El sistema de salud tiene un papel estratégico
Peguero considera que salud y educación deben ocupar un lugar central en la prevención.
Desde el ámbito sanitario, esto implica que los profesionales estén preparados para reconocer posibles señales de violencia, preguntar de manera apropiada y ofrecer una atención que no revictimice.
La OMS plantea que los trabajadores de salud necesitan capacitación para identificar situaciones de violencia, ofrecer apoyo inicial, evaluar la seguridad y facilitar las derivaciones correspondientes.
La organización también señala que los profesionales sanitarios pueden ser uno de los primeros puntos de contacto de las mujeres que experimentan violencia.
Por eso, la respuesta sanitaria no debe limitarse a atender una lesión. También debe considerar las consecuencias psicológicas, sexuales, reproductivas y sociales asociadas a la violencia.
Enseñar a manejar los conflictos desde la infancia
Otro de los planteamientos de Peguero apunta directamente a la crianza.
La especialista considera necesario que madres y padres participen activamente en la formación emocional de sus hijos, incluso frente a las dificultades que supone conciliar trabajo, responsabilidades familiares y tiempo de convivencia.
El objetivo es enseñar a los niños a reconocer sus emociones, manejar la frustración, establecer límites y resolver conflictos sin recurrir a la agresión.
Las estrategias de prevención basadas en evidencia incluyen programas de habilidades socioemocionales, educación para relaciones saludables, programas de crianza y fortalecimiento de las relaciones familiares.
Una respuesta que involucre a toda la sociedad
La conversación con la doctora Ana Peguero coloca la prevención en un punto clave: enfrentar la violencia intrafamiliar requiere mucho más que intervenir después de una agresión.
Implica reconocer señales tempranas, cuestionar la normalización del maltrato, fortalecer las redes de apoyo y la autonomía de las personas afectadas, trabajar con las familias y preparar a los sistemas de salud, educación y protección para responder de manera coordinada.
La OMS considera la violencia contra las mujeres un importante problema de salud pública y una vulneración de los derechos humanos. También señala que sus factores de riesgo interactúan en diferentes niveles, desde el individual y familiar hasta el comunitario y social.
La prevención, por tanto, comienza mucho antes del golpe: puede comenzar cuando una familia entiende que controlar, humillar, intimidar o normalizar el maltrato no son formas saludables de relacionarse.
Qué debe hacer el sistema de salud ante un caso de violencia de género o intrafamiliar?
El Protocolo para la Atención Integral en Salud a Personas en Situación de Violencia de Género e Intrafamiliar, del ministerio de Salud Pública (MISPAS), establece un abordaje integral e interdisciplinario para la atención de las personas afectadas.
La ruta contempla la intervención coordinada de las áreas médica, psicológica y médico-legal, además de la referencia hacia los servicios de protección y justicia cuando el caso lo requiere.
1. Detección temprana y recepción
La atención comienza con la identificación de posibles situaciones de violencia.
- Detección activa: el personal de salud debe prestar atención a señales que puedan indicar maltrato físico, psicológico o sexual, incluso cuando la persona consulte inicialmente por otro motivo de salud.
- Entrevista privada: la evaluación debe realizarse de manera individual, en un espacio que permita preservar la confidencialidad, seguridad y privacidad de la persona afectada.
- Evaluación inicial: una vez identificada una posible situación de violencia, se determina la necesidad de atención médica inmediata y las medidas de protección que correspondan.
2. Atención integral e interdisciplinaria
Cuando se identifica un caso, la respuesta sanitaria contempla diferentes dimensiones de atención:
Atención médico-clínica: incluye la evaluación y tratamiento de lesiones, la estabilización de pacientes que requieran atención de emergencia y, en situaciones de violencia sexual, la valoración de medidas como la anticoncepción de emergencia y la profilaxis posexposición (PEP) para prevenir infecciones de transmisión sexual, según corresponda.
Atención psicológica: comprende la intervención en crisis, el apoyo emocional y la valoración de posibles consecuencias psicológicas asociadas a la violencia.
Evaluación médico-legal: contempla la documentación de los hallazgos clínicos y la emisión de la documentación médico-legal correspondiente, cuando proceda, para respaldar los procesos de protección o judiciales.
3. Evaluación del riesgo y plan de seguridad
La atención no termina con el tratamiento de las lesiones. También es necesario valorar el nivel de riesgo al que está expuesta la persona.
El personal de salud y, cuando corresponda, trabajo social deben identificar situaciones que puedan representar un peligro inminente para la vida o integridad física de la persona afectada.
Cuando existe un riesgo elevado, pueden activarse mecanismos de protección y referencia institucional, incluyendo la coordinación con servicios de acogida y protección disponibles para personas víctimas de violencia.
Entre estos mecanismos se encuentran las Casas de Acogida o Refugios, cuya regulación está vinculada a la Ley 88-03 y sus disposiciones complementarias.
4. Referencia y conexión con los servicios de protección y justicia
El sector salud constituye una puerta de entrada fundamental para detectar situaciones de violencia y conectar a las personas afectadas con otros servicios del Estado.
En situaciones de emergencia, se debe procurar la atención inmediata y activar los mecanismos de protección correspondientes.
Asimismo, cuando las circunstancias del caso lo requieren, puede realizarse la referencia hacia las Unidades de Atención Integral a la Violencia de Género, Intrafamiliar y Delitos Sexuales del Ministerio Público, para la continuidad del proceso de protección y las actuaciones que correspondan en el ámbito judicial.
La *Línea Mujer 212, del Ministerio de la Mujer, constituye además un canal de orientación y asistencia para mujeres en situación de violencia.
Una ruta que busca proteger, no solo atender
El abordaje sanitario de la violencia de género e intrafamiliar va más allá de tratar una lesión física. La atención debe considerar la salud física, mental y emocional, evaluar el riesgo y facilitar la conexión con los mecanismos de protección y justicia.
La detección oportuna por parte del personal sanitario puede convertirse en un punto decisivo para interrumpir el ciclo de violencia y facilitar que la persona afectada acceda a atención, protección y acompañamiento institucional.
Fuentes de referencia
- Ministerio de Salud Pública (MISPAS): protocolo nacional de atención integral.
- https://www.msp.gob.do/web/?p=20509
- Ministerio de la Mujer: información sobre la *Línea Mujer 212 y el sistema de Casas de Acogida. https://mujer.gob.do/transparencia/index.php/estadisticas/casas-de-acogida https://mujer.gob.do/index.php/servicios/linea-mujer-212
- Procuraduría General de la República: información sobre las unidades especializadas de atención a violencia de género, intrafamiliar y delitos sexuales. https://pgr.gob.do/unidad-de-prevencion-violencia-de-genero-distrito-nacional-se-convierte-en-modelo-de-asistencia-a-victimas/
- UNFPA República Dominicana: orientación para personas en situación de violencia. https://dominicanrepublic.unfpa.org/es






























