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El costo de mirar solo el presente

El Dr. Pedro Ramírez Slaibe analiza por qué los hantavirus representan un riesgo serio, pero no una amenaza pandémica global comparable al COVID-19.
Dr. Pedro Ramírez Slaibe. Médico. 
Especialista en Medicina Familiar y en Gestión de Servicios de Salud, postgraduado en Evaluación de Tecnologías Sanitarias, Maestría en Alta Dirección Pública, docente, consultor en salud y seguridad social.

Por Dr. Pedro Ramírez Slaibe

Las cifras que acompañan a la República Dominicana en 2025 resultan ser tranquilizadoras. El Fondo Monetario Internacional —FMI— proyecta un crecimiento de 3.0% para este año y de 4.5% para 2026; la inflación se mueve alrededor de 3.7%; la cuenta corriente se mantiene en 2.5% del PIB y completamente financiada por inversión extranjera; y la deuda pública consolidada empieza a descender hacia 59.2% del PIB. El PIB nominal —que bordeará los RD$7.97 billones en 2025 y los RD$8.70 billones en 2026— confirma un país que sabe sostener su estabilidad. No hay duda, en el plano macroeconómico, el país hace bien su trabajo.

El desafío aparece cuando esa misma fotografía se coloca sobre la estructura que financia la salud, las pensiones y los cuidados. Allí la distancia con la narrativa macroeconómica es evidente. La economía crece, pero la masa salarial formal —de la cual depende la seguridad social— avanza con un ritmo más lento y, en algunos segmentos, prácticamente estancado. Esta diferencia de velocidad crea un fenómeno que no debe ser ignorado y es que el sistema social comienza a envejecer más rápido que su financiamiento.

De igual modo, se ha señalado que la pobreza monetaria permanece en 23% y la extrema en 3.2%. Esta realidad no solo describe desigualdad, sino que delimita quién puede absorber los aumentos en los costos médicos, quién depende del SENASA y quién no tiene margen para enfrentar enfermedades crónicas o episodios de dependencia. Así, en los datos más recientes del asegurador público se identifica una tendencia sostenida con más personas mayores, más enfermedades cardiovasculares complejas, más insuficiencia renal, más diabetes mal controlada, más demanda de medicamentos de alto costo. Nada de esto responde a ciclos económicos; responde a demografía, desigualdad acumulada y a un patrón de enfermedad que cambió hace tiempo.

De ahí que el costo sanitario real crece con una lógica propia y, aun cuando la inflación general es de 3.7%, los precios de las tecnologías médicas, los dispositivos, los medicamentos especializados y los recursos humanos en salud no siguen ese mismo ritmo. Responden a mercados en dólares, a innovación permanente y a la creciente complejidad de los tratamientos. Esta diferencia erosiona silenciosamente la suficiencia del per cápita del Seguro Familiar de Salud. No es un problema de gestión ni de operación; es una brecha estructural entre lo que cuesta atender a la población y lo que el sistema recauda por cada afiliado.

El mercado de la salud también refleja este desacople toda vez que las clínicas, los hospitales y los proveedores operan entre costos crecientes y tarifas que no se actualizan con la velocidad necesaria. La estabilidad fiscal ayuda, pero no resuelve la presión que imponen los precios internacionales de los fármacos, la dependencia tecnológica o la escasez relativa de especialistas. El país importa salud en todas sus dimensiones, y eso significa que buena parte de sus costos no se comporta como los precios locales.

Desde el lado del aseguramiento, la ecuación no es menos exigente. Un sistema basado en la nómina requiere empleo formal creciente, salarios reales al alza y trayectorias contributivas continuas. Ninguna de estas tres condiciones avanza con la fuerza suficiente. El crecimiento macroeconómico no se traduce automáticamente en densidad contributiva y, sin densidad, no hay pensiones suficientes ni financiamiento para cubrir los riesgos sanitarios asociados al envejecimiento. Aquí aparece un punto clave del análisis: la estabilidad macroeconómica, aun siendo imprescindible, no puede sostener por sí sola un sistema de servicios de salud que se hace más caro, ni un sistema previsional que enfrentará una proporción cada vez mayor de adultos mayores con carreras laborales fragmentadas.

La población dominicana —estimada en 10.8 millones— está entrando en una etapa donde los costos de la salud y los cuidados crecerán con mayor rapidez que el número de cotizantes formales. Es un fenómeno regional, descrito por la evidencia internacional, pero con consecuencias particulares para un país donde la desigualdad marca el acceso y donde el SENASA asegura a quienes acumulan más riesgos sanitarios. Envejecimiento, cronicidad y debilidad contributiva forman una combinación que ni el crecimiento económico ni la estabilidad monetaria corrigen por sí solos y en lo inmediato.

La lectura del Artículo IV del Informe del FMI permite entender el perímetro dentro del cual el país debe actuar. El espacio fiscal es estrecho, la economía muestra resiliencia, las reservas superan los US$14,400 millones, pero la presión social —especialmente la que proviene de salud y pensiones— seguirá aumentando. El reto no es administrar el presente, sino admitir que las tensiones del sistema no desaparecerán con el ciclo económico. Las decisiones que se tomen ahora definirán si la estabilidad macroeconómica de hoy será suficiente para sostener el bienestar de mañana.

La pregunta de fondo no es si la economía crecerá, porque lo hará. La pregunta es si ese crecimiento será capaz de traducirse en protección frente al envejecimiento, enfermedad crónica, discapacidad, dependencia y vejez con insuficiencia de ingresos. Esa es la frontera donde se decidirá la próxima década dominicana; los datos lo muestran con claridad. Esto es, no se trata de alarmismo, sino de lectura responsable de la realidad.

El país tiene los fundamentos, tiene instituciones que funcionan mejor que en el pasado y tiene capacidad técnica acumulada. Lo que definirá el futuro no es la estabilidad que ya existe, sino la decisión de construir sobre ella un sistema de salud y pensiones capaz de sostener la vida real de la gente en un tiempo donde todo —desde la tecnología hasta la demografía— exige respuestas más maduras que las del presente.

Referencias

Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2023). Panorama social de América Latina y el Caribe 2023. CEPAL.

Fondo Monetario Internacional. (2025). República Dominicana: Consulta del Artículo IV – Informe del personal técnico. FMI.

Institute for Health Metrics and Evaluation. (2024). Global burden of disease study 2024 results. IHME.

Organisation for Economic Co-operation and Development. (2023). Health at a Glance 2023. OECD Publishing.

Organización Mundial de la Salud. (2022). World report on ageing and health. OMS.

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