Dos especialistas analizan qué hay detrás de la conducta violenta, por qué una víctima puede permanecer en una relación de abuso y qué debe cambiar en la prevención de la violencia de género.
El sistema de salud puede detectar señales que otros no ven.
Santo Domingo, R. Dominicana.-La violencia de género y la violencia en el hogar rara vez responden a una sola causa. Detrás de una conducta agresiva pueden coexistir dificultades para manejar la ira, baja tolerancia a la frustración, aprendizajes adquiridos durante la infancia, celos, consumo problemático de sustancias y, especialmente, creencias relacionadas con el poder y el control.
Pero identificar estos factores no significa justificar la violencia.
Ese es uno de los puntos de coincidencia entre Hanói Vargas, psicólogo clínico, fundador y director ejecutivo de la Clínica Conductual VOLVER, y Aracelis Abreu Caba, sicóloga clínica y terapeuta familiar en KAIZEN SAE, quienes analizan para SaludNews los patrones psicológicos y conductuales asociados a la violencia dentro de la familia y las relaciones de pareja.

Ambos especialistas llaman la atención sobre un aspecto que suele quedar relegado cuando una agresión física ocupa los titulares: la violencia no necesariamente comienza con un golpe.
Esta es la segunda parte de una entrega de tres reportajes acerca de la violencia en el hogar en República Dominicana, como parte de una campaña de prevención de salud mental para la población.
El control puede ser una primera señal
Para Hanói Vargas, la violencia debe entenderse como un fenómeno complejo en el que intervienen múltiples factores. La historia personal, la forma de manejar la frustración, las dinámicas de poder, los celos, la impulsividad, el consumo de sustancias y los aprendizajes familiares pueden combinarse y aumentar el riesgo de una conducta violenta.
Vargas advierte, sin embargo, contra las explicaciones simplistas.
El hecho de que una persona haya crecido en un hogar violento no significa que necesariamente se convertirá en agresora. Puede existir un patrón aprendido, pero su aparición dependerá de la interacción con otros factores, como dificultades para regular la ira o consumo problemático de alcohol y otras sustancias.
También hace una distinción importante respecto al alcohol y los celos.
El alcohol puede disminuir el juicio y desinhibir determinadas conductas, pero no constituye una explicación absoluta ni una excusa. Del mismo modo, sentir celos no convierte automáticamente a una persona en violenta.
El problema aparece cuando los celos se transforman en una supuesta autorización para vigilar, controlar, prohibir, amenazar o agredir.
En ese punto, explica Vargas, quien fuera además presidente del Colegio Dominicano de Psicólogos, (CODOPSI), esta parte deja ya de tratarse solamente de una emoción y entra en juego una relación de poder.
Aracelis Abreu coincide en que la violencia dentro del hogar es multifactorial y señala entre los factores de riesgo las dificultades para manejar la ira, resolver conflictos, tolerar la frustración, gestionar los celos y aceptar límites.
También identifica las creencias de poder y control como un elemento relevante: considerar que la pareja pertenece al otro o que una persona tiene derecho a decidir cómo se viste, con quién se relaciona, adónde va o qué puede hacer.
Pero establece el mismo límite: comprender los factores de riesgo no significa excusar la violencia.
No existe un único perfil del agresor
Una de las ideas que ambos especialistas consideran necesario desmontar es la existencia de un perfil único de la persona agresora.
Vargas señala que la conducta violenta no puede asociarse automáticamente con un sexo determinado. Puede presentarse en diferentes relaciones familiares y de pareja, por lo que el foco debe ponerse en la conducta y los patrones que se repiten.
Y cuándo podemos hablar de señales de alerta?
Entre las señales de alerta, Vargas identifica la necesidad de controlar al otro, que puede expresarse mediante vigilancia, celos excesivos, revisión del teléfono, control económico, aislamiento de familiares y amistades o exigencias permanentes sobre dónde está la pareja y con quién.
Dentro de la relación con los hijos, ese patrón puede manifestarse mediante disciplina desproporcionada, humillaciones, amenazas, castigos físicos, intimidación o exigencias de obediencia absoluta.
Abreu plantea señales similares: celos excesivos, revisión constante de las comunicaciones de la pareja, aislamiento, descalificación, amenazas, intimidación y dificultad persistente para aceptar un “no”.
También destaca la manera en que una persona enfrenta el conflicto. Una reacción sistemática basada en intimidación, humillación, amenazas o agresión ante situaciones de frustración constituye una señal de alerta.
La violencia puede comenzar mucho antes de la agresión física
El patrón puede comenzar de manera aparentemente menos visible.
Desprecio, insultos, amenazas, intimidación, destrucción de objetos, aislamiento, control económico y manipulación pueden formar parte de una escalada de violencia.
“La violencia no siempre comienza con una agresión física”, advierte Vargas al describir una dinámica que puede intensificarse progresivamente.
Abreu plantea una conclusión similar: muchas veces la violencia comienza con control, desvalorización, celos, aislamiento y manipulación, antes de escalar hacia otras formas de agresión.
Por eso, identificar las primeras señales resulta fundamental.
No se trata solamente de reconocer un golpe. Se trata de detectar cuándo una relación comienza a construirse alrededor del miedo, la dominación y la pérdida progresiva de autonomía.
Por qué una víctima puede permanecer?
La pregunta “¿por qué no se va?” puede parecer sencilla desde fuera, pero ambos especialistas advierten que puede terminar colocando la responsabilidad sobre quien está siendo víctima.
Vargas explica que una persona puede reconocer el peligro y, al mismo tiempo, sentirse incapaz de abandonar la relación inmediatamente.
La violencia puede instalarse de manera progresiva: primero aparecen los celos, la descalificación, el control y las restricciones; después puede producirse una agresión más grave, seguida de arrepentimiento, promesas de cambio y períodos de tranquilidad.
Ese ciclo puede mantener viva la esperanza de que la persona agresora vuelva a ser como era antes.
A ello se suman factores concretos como la dependencia económica, la falta de vivienda, la preocupación por los hijos, el temor a perder su custodia, las amenazas y el aislamiento social.
Abreu también llama a mirar esta situación con sensibilidad.
El miedo a represalias, la dependencia económica, los hijos, la ausencia de una red de apoyo, el aislamiento y el temor de que la violencia aumente después de una separación pueden convertirse en barreras para salir.
Desde la psicología, añade, pueden intervenir mecanismos como el vínculo traumático, la pérdida progresiva de autoestima y la sensación de que no existen alternativas.
La conclusión es clara: salir de una relación violenta no siempre es simplemente una decisión de voluntad.
La manipulación también puede destruir la percepción de la víctima
Una de las formas más profundas de violencia es aquella que consigue que la víctima empiece a desconfiar de su propia percepción.
Vargas describe frases como “nadie te va a querer”, “tú no puedes sola” o “todo esto ocurre por tu culpa” como expresiones que, repetidas durante mucho tiempo, pueden erosionar la autoestima y la capacidad de la persona para confiar en su propio juicio.
Abreu señala un proceso semejante: la violencia psicológica puede llevar a la víctima a preguntarse si está exagerando, si fue responsable de lo ocurrido o si el agresor realmente cambiará.
Este mecanismo ayuda a explicar por qué una víctima puede minimizar lo sucedido o asumir una responsabilidad que corresponde a quien ejerce la violencia.
Prevenir antes de que ocurra la tragedia
Para ambos especialistas, la respuesta social no puede limitarse a actuar después de una agresión.
La prevención debe comenzar desde la infancia mediante la educación en respeto, límites, manejo de las emociones y resolución pacífica de conflictos.
Vargas plantea que no basta con enseñar que pegar está mal. Niños y adolescentes deben aprender que humillar, intimidar, amenazar, controlar o someter también son formas de violencia.
Abreu coincide en que las escuelas tienen un papel esencial en la identificación de conductas de control, intimidación, acoso y violencia, además del desarrollo de habilidades socioemocionales.
El sistema de salud puede detectar señales que otros no ven
El sistema de salud aparece como otro actor fundamental.
Vargas sostiene que cuando una persona llega de manera repetida con ansiedad, lesiones, síntomas depresivos, consumo de sustancias o crisis familiares, los profesionales deben ser capaces de mirar más allá del síntoma inmediato y preguntarse si existe violencia detrás de la situación.
Abreu plantea igualmente que los profesionales de la salud física y mental pueden convertirse en una puerta de entrada para detectar señales de violencia y conectar a las personas con servicios de protección y apoyo.
Esto requiere atención psicológica accesible, acompañamiento jurídico y social, redes de protección efectivas y protocolos que permitan actuar oportunamente cuando exista riesgo.
Un desafío que involucra a toda la sociedad
La violencia de género y la violencia en el hogar no pueden ser reducidas a un simple “problema de pareja”.
También requieren una respuesta coordinada de familias, escuelas, sistema de salud, autoridades y medios de comunicación.
Abreu plantea que los medios de comunicación tienen una responsabilidad particular en la forma en que presentan estos casos: evitar culpabilizar a la víctima, romantizar los celos o reducir la violencia a un conflicto doméstico.
La prevención, por tanto, comienza antes de que aparezca la agresión visible.
Implica enseñar a reconocer el control, respetar los límites, gestionar las emociones, asumir responsabilidad por los propios actos y construir relaciones basadas en respeto y reciprocidad.
Porque, como resume Abreu, la violencia no es una forma de amor, disciplina ni autoridad. Es una conducta que debe ser identificada, prevenida y atendida.































