
En la República Dominicana, millones de ciudadanos permanecen en la fila del Seguro Familiar de Salud (SFS) entre la esperanza y la resignación. Pagan sus aportes o confían en la cobertura subsidiada convencidos de que, llegado el momento, recibirán atención oportuna y suficiente. Sin embargo, lo que enfrentan con frecuencia es distinto: un sistema de exclusiones silenciosas, trámites asfixiantes y coberturas parciales que reducen la promesa de seguridad social a un gesto meramente formal (PNUD, 2021; Banco Mundial, 2017).
La paradoja es inquietante. Los usuarios saben —por experiencia propia o ajena— que las probabilidades de obtener un servicio pleno son bajas, pero actúan como si fueran altas. Se aferran a la expectativa de que “esta vez sí funcionará”, aunque las estadísticas digan lo contrario. Es un autoengaño colectivo: aceptar una ficción de cobertura porque la alternativa —quedarse sin nada— resulta aún más temible (Kahneman & Tversky, 1979).
La economía conductual ha estudiado este mecanismo psicológico. Según la teoría prospectiva, tendemos a sobrevalorar eventos de baja probabilidad cuando representan esperanza, incluso si el resultado esperado es negativo. En el SFS, esta sobrevaloración se traduce en continuar cotizando, reclamando, tocando puertas y completando trámites, aunque la probabilidad real de éxito sea mucho menor de lo que el usuario percibe (Kahneman, 2011).
El sistema, a su vez, se sostiene en esta ilusión. El per cápita insuficiente —RD$1,715 en el régimen contributivo y apenas RD$321 en el subsidiado— hace imposible cumplir la promesa implícita de cobertura integral (CNSS, 2024). Para compensar, se crean filtros como preautorizaciones, glosas, topes y segmentaciones de red. Estos mecanismos, bajo el discurso de “gestión del riesgo”, funcionan en la práctica como barreras para reducir el gasto. La legitimidad se sostiene con reglamentos, carnets y resoluciones que solo simulan orden institucional (PNUD, 2021).

Así surge un equilibrio perverso: los usuarios permanecen en la fila, celebrando pequeñas victorias —una autorización aprobada, un medicamento cubierto, una cirugía conseguida— mientras el sistema gana tiempo y evita una implosión política. Pero el costo oculto es enorme: deserción terapéutica, urgencias evitables, frustración crónica y un progresivo deterioro de la confianza social (Banco Mundial, 2017).
¿Hasta cuándo puede sostenerse esta ilusión? Mientras la brecha entre lo que el afiliado espera y lo que recibe siga siendo tolerable, la fila continuará. Sin embargo, el límite está cerca. El aumento de enfermedades crónicas, los medicamentos de alto costo y una población más informada amenazan con romper la resignación que mantiene al sistema en pie (OPS, 2023).
La solución no es alimentar más el autoengaño, sino desmontarlo. Transparencia radical sobre qué se cubre y qué no, sanciones a las demoras injustificadas, modelos de pago vinculados a resultados en salud y no a trabas administrativas, y un catálogo actualizado según la carga real de enfermedad son pasos ineludibles. Se trata de ampliar el acceso y acortar la distancia entre la promesa y la realidad, para que el derecho a la salud no dependa de la “suerte”, sino de un sistema justo y funcional.
Hoy, la fila no es solo un símbolo: es la vida cotidiana de millones de dominicanos. Cada minuto de espera prolonga la paradoja de un sistema que se alimenta de la esperanza mientras erosiona la confianza. Romper ese círculo no es solo un desafío técnico; es, sobre todo, un imperativo moral y político.































