Los procesos electorales en instituciones clave del sector salud y educativo de la República Dominicana, como el Colegio Médico Dominicano (CMD) y la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), representan momentos cruciales para el fortalecimiento de la democracia institucional. Este artículo analiza los rasgos comunes entre ambas organizaciones en cuanto a sus estructuras organizativas, culturas políticas y dinámicas electorales.
Asimismo, se reflexiona sobre los desafíos y oportunidades para promover procesos más transparentes, participativos y orientados a propuestas, alejados de los personalismos y los intereses particulares.
Tanto el CMD como la UASD son instituciones emblemáticas de la vida pública nacional, con una profunda carga simbólica y una gran responsabilidad social.
Ambas se rigen por estructuras democráticas que contemplan elecciones periódicas para sus cargos directivos, lo que en teoría permite la renovación y la participación activa de sus miembros. Sin embargo, estos procesos no siempre se desarrollan con la madurez institucional esperada, viéndose en ocasiones permeados por prácticas clientelistas, intereses particulares y una notoria falta de enfoque programático.

Si hay dos instituciones en el país con rasgos similares, son precisamente el CMD y la UASD. Aunque persiguen finalidades y funciones distintas, ambas son organizaciones centenarias comprometidas con la defensa de los mejores intereses de la nación y sus respectivas comunidades.
El Colegio Médico, con más de 20 años de existencia formal, aún conserva muchos rasgos de gremio y, en ocasiones, parece limitarse a la defensa de los intereses de sus afiliados, olvidando que la ley le otorga un rol consultivo en la formulación de políticas públicas en salud.
Por su parte, la UASD, faro de luz y conocimiento del país, forma a más del 50% de los profesionales dominicanos y ha sido cuna de destacados egresados en todas las áreas del saber.
Ambas instituciones cuentan con sistemas de renovación de sus cuadros directivos mediante elecciones abiertas, en las que los miembros pueden elegir y ser elegidos siempre que cumplan con los reglamentos internos.
No obstante, en los últimos procesos se ha observado una cultura política altamente polarizada, el predominio de liderazgos tradicionales basados más en carisma o antigüedad que en propuestas sólidas, la debilidad de los mecanismos formales de rendición de cuentas y la frecuente formación de alianzas coyunturales con fines meramente electorales, en lugar de estratégicas y programáticas. Estas características dificultan el surgimiento de liderazgos alternativos y limitan la posibilidad de construir consensos sostenibles basados en planes de desarrollo institucional.
En los recientes procesos electorales de ambas instituciones, la búsqueda de consensos y apoyos se ha convertido en una práctica habitual, y todo indica que esta será la tendencia en los comicios previstos para noviembre de este año en el CMD y en junio de 2026 en la UASD.
El activismo anticipado de los actores involucrados revela que la estrategia de generar percepción de victoria, mediante acuerdos y alianzas, se ha convertido en la norma, olvidando muchos que las elecciones se ganan en las urnas, y que, por ahora, esas urnas siguen vacías.
El consenso institucional no implica la ausencia de debate o de diferencias, sino la capacidad de construir acuerdos estables en torno a principios y programas comunes.
En el CMD y la UASD, la cultura política tiende a personalizar los procesos, reduciendo los debates a enfrentamientos entre grupos o individuos con aspiraciones particulares. Sin embargo, existen oportunidades para transformar esta realidad si se priorizan líneas programáticas que respondan a los intereses colectivos: modernización académica, mejora de los servicios de salud, democratización del acceso a los recursos, entre otros.
La creación de plataformas basadas en propuestas concretas —como planes de formación continua, defensa de los derechos laborales, innovación curricular o fortalecimiento institucional— permitiría elevar el nivel del debate y facilitar que las comunidades elijan sobre la base de ideas y no de lealtades personales.
Parece haber llegado el momento de hacer una política diferente, que fortalezca la democracia interna tanto en el CMD como en la UASD. Esta democracia no debe reducirse a la simple mecánica del voto, sino convertirse en un ejercicio responsable de construcción de consensos en torno a proyectos institucionales.
Superar la lógica de los intereses particulares y avanzar hacia una cultura política sustentada en principios y programas es un reto urgente y necesario para consolidar la legitimidad y la efectividad de estas instituciones al servicio del país.
Los procesos electorales deben ser vistos como una oportunidad para establecer foros de discusión previos en los que los candidatos presenten sus planes programáticos y respondan a las inquietudes de la comunidad.
De este modo, se fortalecen los mecanismos institucionales de transparencia y evaluación de gestión, se fomenta una cultura organizacional que valore la rendición de cuentas y la continuidad institucional por encima de los liderazgos individuales, y se impulsa la participación activa de los actores: en el caso de la UASD, sus docentes, estudiantes y personal administrativo; en el caso del CMD, la participación activa y responsable de los colegiados, cuya intervención es no solo un derecho sino también una obligación legal en la formulación de propuestas colectivas.


































