La pandemia del COVID-19 ha generado muchas externalidades negativas en la población y nuestras sociedades. Y no solo por el choque disruptivo del virus en la carga de enfermedad y mortalidad. El Covid-19 ha impactado las vidas de muchas personas y prácticamente llegó a desbordar nuestro sistema sanitario. Es muy significativo el alto número de muertes e ingresos hospitalarios en tan corto período para una nueva enfermedad.
La otra cara usualmente ignorada en el proceso de la pandemia, ha sido el aterrizaje forzoso de los servicios de salud que la población usualmente recibía. Por un lado, porque prácticamente muchos servicios de salud (aún los prioritarios) se cerraron ante el desborde ocasionado por la pandemia. Por otro lado, los protocolos de atención en el contexto de la pandemia exigieron una disminución del número de servicios para mantener el distanciamiento y el cuidado al paciente. Indudablemente que el miedo y la precaución alejó a muchos pacientes de los servicios de salud.
Por su lado, la súbita paralización de la actividad económica tuvo un impacto adverso en la calidad de vida de la población. Para presentarles un ejemplo, la economía de la República Dominicana en sus últimos diez años ha estado creciendo en promedio por encima del 5% y abruptamente la pandemia ocasionará una caída cercana al 6%. Esta caída en la actividad económica se traduce en un desplome del empleo, de los ingresos de los hogares, y por consecuencia, del aumento de la pobreza y la desigualdad. Todo esto en un contexto de caída de los ingresos fiscales y de la capacidad de respuestas de los gobiernos para enfrentar la crisis. La única salida en esta situación ha sido el endeudamiento, tema que tendrá un fuerte impacto en los próximos años post pandemia.
Los gobiernos de la región han actuado proactivamente expandiendo sus sistemas de protección social en un nivel histórico jamás visto en los últimos 50 años. Sin embargo, el deterioro de la calidad de vida de la población en términos generales ya está generando externalidades negativas que destruyen el capital humano y los activos de la gente.
La matriculación estudiantil cayó, afectando además la calidad del aprendizaje de aquellos que se mantuvieron en las aulas en la medida de que los hogares y el sistema educativo no estaban preparados para la educación en línea. Por ejemplo, en el caso dominicano se estima que a nivel de educación superior, la matrícula cayó en alrededor de un 30% después de marzo de este año.
En las encuestas realizadas en la República Dominicana por el Sistema de Naciones Unidas se observó que un gran número de niños y niñas y mujeres embarazadas se quedaron sin servicios de salud en medio de la pandemia, así como las personas con discapacidad y las personas viviendo con VIH. Otro porcentaje importante de los hogares reportó que al menos un miembro del hogar mostró signos de depresión o ansiedad durante la pandemia. Ante esta situación, no debemos de sorprendernos del impacto negativo en los resultados de salud. Precisamente uno de los titulares recientes en los periódicos del país fue el aumento de la mortalidad materna a septiembre de 2020 en comparación con igual período del año pasado.
Ante este panorama nos preguntamos, ¿lo pudimos hacer mejor? Indudablemente que nadie estaba preparado para una pandemia de la magnitud vivida hasta ahora. Los sistemas de protección social de la mayoría de los países mostraron mayor capacidad de respuesta adaptativa ante la pandemia: se aumentaron las transferencias monetarias y la asistencia social a la población más afectada, mientras que algunos países como la República Dominicana protegió el empleo a través de subsidios a los trabajadores suspendidos. Sin embargo, los sistemas de salud mostraron una mayor reactividad ante la crisis. Lo que se explica en muchos países por la baja capacidad resolutiva en el primer nivel de atención, la poca información y mucho miedo por parte de la población y personal de salud, y los recursos limitados al sector.
Las externalidades negativas que ha generado la pandemia tendrán efectos duraderos por lo que se hace necesario repensar la solidaridad social en nuestros países. El reto hoy día es cómo construir sociedades más inclusivas en medio de la crisis generada por el COVID-19.
Lo primero es que debemos asumir que con la pandemia todos hemos perdido y sin colaboración, todos perdemos, aún a los que les ha ido muy bien en esta crisis. Ya se habla de una década perdida para la recuperación de los efectos de la crisis. Por ejemplo, ¿quién pagará el alto endeudamiento de nuestros países? ¿Los más pobres? ¿La clase media? ¿Los más ricos?
Segundo, entramos en un mundo con muchas más incertidumbres. Esto implica que en su manejo se imponen más acciones colaborativas y de solidaridad. El mundo de hoy vive bajo la sombra de muchos otros choques relevantes, como el del cambio climático, cuyos efectos negativos en la población son cada vez más recurrentes.
Tercero, los momentos de crisis son oportunos para relanzar nuestras sociedades. Debemos transitar hacia nuevos pactos sociales de más largo aliento. Hacia más y mejores reformas a favor de los más carenciados (caso del país, relanzar la atención primaria, reformas en el sistema de protección social, reforma fiscal más redistributiva, entre otras). Hacia un mundo y sociedades con nuevos valores. Es la hora de construir esperanza, trabajando juntos.
Jefrey Lizardo
jefreylizardo@yahoo.com





























